Dos mil veintitrés ha sido un año horrible para mí. Espero que haya sido la culminación de una racha de pesadumbre que comenzó en 2017. En estas 52 semanas la vida me ha vapuleado y moldeado para hacerme alguien más conformista y a tragar, más bien, atragantarme, con cucharadas y cucharadas de resignación. Lo que tendría que haber sido un sueño hecho realidad se ha convertido en una serie de decepciones y expectativas destrozadas por la incompetencia ajena y una interminable lista de malas decisiones propias.

En este contexto, la fotografía se ha desvanecido entre la niebla de mis problemas y mi habitual apatía. Pocas imágenes han salido de mi cámara; no han llegado ni a dos mil, la cantidad más baja en los últimos diez años. Tampoco me he prodigado visitando exposiciones o leyendo libros.

Lo único positivo en esta faceta de mi vida ha sido la constancia de haber publicado una imagen cada semana, con un estilo más definido y conformando breves series de fotos.

Este blog, como tantos otros personales, se adentra aún más en la irrelevancia por mi renuncia a promocionarlo en redes sociales y a dotarlo a de contenidos más atractivos para Google. Los tutoriales, descargas y cualquier otro recurso los he publicado por convencimiento de que eran útiles o interesantes para mí u otras personas, nunca por ganar más tráfico. De ser así estaría en TikTok haciendo el gamba.

Considerando esta tendencia a la baja, en lo particular y en lo formal, me voy a tomar este blog con más calma, cambiando la publicación semanal por una que responda a impulsos.

Hasta entonces, supongo.